3.12.07

11

Que el trabajo, que los papeles, que las reuniones y supuestos sin aviso, las torturas chinas (malditos aparatos), que las condiciones, las artimañas y suspensiones. Nada que puedas dejar por mí, maniática puta. Así no.

las mujeres en mi vida, pan y circo

26.11.07

improvisación le dicen.

Yo nunca hablo de mi alma, no esperen que lo haga ahora. Y mirá que no hablo, pero todos sabían que no la tenía adentro ultimamente. Digo, se fue, se me escapó, chau, puf.
Se pone difícil así. Primero lo primero: el hueco en el costado izquierdo. ¿Voy a ponerme a mentir a esta altura?, me lo extirparon, qué va a ser. Sólo me queda el alma, a veces, a veces. Cuando el alma no está: un pulmón te sostiene. El problema es que mis pulmones andan mal, bastante mal, más el de ese lado, si no es el humo es el moho, si no es el moho la esquirla de cuando al alma se le canta partirse, y la mar en coche.
Saliendo de los tres estados, y no, August, vos no, que yo en el positivismo creo pero hoy no. Saliendo de los tres estados por ahí la vomito*. Es muy raro, porque puedo estar muriendo y bancármela o no bancármela nada, y así estamos. Cuando sale de mí es porque todo está dado vuelta, con la arena cayendo lenta y gradualmente, esperando por ese último granito que le ponga un parate a todo.
Cuando sale de mí la ando pateando por la calle, camino y la ando pateando, y se ensucia, y se derrite, y llora sola, y si me caigo, y ni la araño, lo mismo, lo mismo.
Generalmente tiene que venir otro a pateármela y metermela de canto en la boca, sino no puedo.
Y entonces, GLUP, y muchas gracias.
La extrañaba a la muy puta.
*cayéndole en la espalda, vomitándole.
happiness is a warm gun.

10

...el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando.



No me dejan llevarte a mi casa, tienen miedo de que te robe. Claro, claro, inverbes. ¿Qué te vas a llevar, Cortázar? ¿y para qué?, sí, ya sé que en una semana termina todo, que esa mirada amenazadora... inverbes, inverbes. Seguro que ni leyeron, (para no volverme una bibliotecaria, solterona y desgraciada de 55 años, para no comprarme zapatos con la cuota de los socios, seguro que no leíste ese libro). Ahora, coger en el bullicio. Yo prefería curtirme a Sábato (valga la redundancia, no me gusta La Resistencia), yo quiero hacer lo que quiero, pero no, dependo de una frígida...
Y al mediodía se me escurre, y así de arruinado, roto y destartalado va a parar a un armario a llenarse de polvo, a morirse, a hundirse, a esperar por el Final de su Juego.
¿quién pudo haber tirado pedazo de libro?
Inverbes, inverbes.

25.11.07

¿Quién los ve andar por la ciudad si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla entre sus dedos,
lenguas dulces lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes,
su isla flota a la deriva hacia muertes de césped,
hacia puertos que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos, todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera sabenque mientras ruedan en su amarga arena hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos, el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces cuando están muertos,
cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita y les impone los deberes cotidianos.

24.11.07

number nine

no voy a caer en inútiles cursilerías.
son las 5 de la mañana, y vuelvo (nuevamente) a mi casa pensando en tu boca.

yo no puedo más así: no puedo más sin vos.

te amo, I.

22.11.07

8

Tu carta por el piso, la foto de cuando eras la sed verdadera. ¿Y acaso ya no lo sos?, es que entonces te tenía, miraba el papel anhelándote, y ahora te me escurrís entre los dedos.

Roto el haz de luz, todo azul y yo tan sangrante que voy a tener que llorar días enteros para limpiarme, desagotarme, darle espacio a la rata, tan ecléctica y sofocante.

La carretilla de la vida con carga para cinco décadas, y con pronunciar tres veces una palabra nefasta, y patear la torre de fósforos que tantos meses tardó en levantarse. No quedan ni los cimientos.

Para volverme útil tienen que rasparme (la cabeza), y entonces todo arde y me consume, todo se consume, polvo, negro, rata, rata.

Desmembrar o ser desmembrado, no encontrar la grieta en tu pecho de la cual podía aferrarme, la que me dejaba entrar, ser parte.



ni siquiera te retengo, ¿qué esperás?, me voy por la rejilla.

cayéndole en la espalda, vomitándole.

7

Entonces empecé a llorar por dentro, ya me habían dicho que no podía llorar. Llanto, llanto, uno usa siempre las mismas palabras para lo mismo, y lo mismo siempre. No, ahora no porque no es el mismo ahora que en ese entonces, pero desde la primera noche, silencio.

Vos, yo, ¿viste Julito en Ándele?, y Julita, que no soy yo, porque por ella... mi Julia tan inalcanzable.

El boicot del alma bipolar, y vos nunca, Julieta Acosta, nunca, la felicidad. Porque yo no quiero, y basta, lobo, basta, que hasta en la sed verdadera te comportás como una rata que me carcome de adentro, como dijo ese señor con tanto amor, y ahora ya no existe, ¿lo voy a volver a ver?

Fausto, Fausto, mirá que no tengo nada, pero si no te tengo a vos no me tengo ni a mí; mi pena de que ayer 18 no me cuenta, y antes de ayer 12, porque sos una perra, la peor de las basuras, no te merecés... (nada de esto). Y papá no entiende, este momento es conmigo, mi eterna amiga la pared, mi ADN por el piso, de mil maneras, ¿por qué viscoso?.

* Si hoy es mañana, entonces sigo esperando, pero si mañana es mañana, entonces acabo de arruinar mi vida.

Tan semental, yo no quiero que me amen ni un poco.

El dolor por la mediocridad (del ánima). Sólo sé que Julia muerta, y los pedazos (por el cielo). La inmensidad de las cosas, de la gente en mí (tu) vida, yo no puedo más así, alguna de las dos tiene que empezar con la mortificación de cada parte (del alma). Insuficiente, ¿qué tal?, mucho gusto, mercurio.

Parece cianuro, había dicho, y ahí me enteré que era blanco, como la mancha, tu vida, perra, no podés ser tan perra, tenía razón cuando gritó que nada podía darte porque rompías todo, cual vampiro (encima se llamaban igual, tortura china).

Después no hay corazón que aguante, Entre Ríos 1030, el proyecto que no es, perra, perra.

Ese músculo no te anda, un pulmón te sostiene, lleno de humo, enmohecido, como esos Camel del miércoles que te enfermaron.

Nunca te importó. Te vas a curar el día que la mosca, no, porque la mosca siempre. Te vas a curar el día que de tanto pensar en la mosca ya no la tengas, por perra, perra.


Clavo, Coito, Dios.




Al final lo ví, sí, iba con su valija subiéndose a un colectivo.

menester, perdón.

Esto va derivado hacia otra cosa,
es tiempo de ajustarse el cinturón:
zona de turbulencia.



si hay alguien que conoce mi mente, esa es La Maga.
como la muy puta no conoce mi alma, no sabe nada,
pero nunca, nunca hubiera venido hasta acá para irse recitando ese poema
sin saber que iba a cenarlo yo por el resto de las noches
(boca abajo).

podrán sacarnos de un lado en el que en verdad no estamos.





¿y qué querés, un ensayo de patafísica?


bostezando los tópicos y los llantos frígidos (Girondo)

6

El tiempo que me sobra, el problema de jamás poder volatilizar(me). El césped del jardín tan cambiante, y otra vez, esa plaga destructora. El gusano, los dos metros bajo tierra, yo estuve ahí.

Lo rancio de tragar, amargo, yo sin saber nunca, nunca, que ibas a dejarme hervir sin compañía (del olvido). El arrastre de la incertidumbre de los sentimientos pasajeros permanentes, como el mar que rebalsó el ojo de la cerradura en el cuarto de Horacio, eso que nunca será, y no me importa, y él sabe.

El hotel de mis días en el jardín, firmamento gris, el frío de mayo y una que otra hoja entrando en letargo. El hotel de mis días en Entre Ríos 1030. El hotel de mi letargo en tu boca. El hotel de tu boca en(tre) mis dedos.

Fui de todo menos caníbal.

3

Entonces me dejás en el hotel, y yo así, siempre, lo nuestro siempre en un hotel, en un cuarto ajeno, pero no en este. Y tengo que besarte y abrazarte rápido, sí, porque ya te vas, y yo como una loca, y soy vos, y lo fui la tarde entera, y con la ducha maldita vas a hundirte por la rejilla, como mi alma tan viscosa y congelada (nada como hacerlo en tu cama) y la mentira fugaz, la risa, pero la lágrima en la rodilla que hace una hora acariciabas (o en la mía). Y yo en el techo, ¿tendrán mis ojos restos tuyos?, ¿algo que no haya llevado el rocío?, y querer hablarte pero el miedo y el silencio, y entonces mañana, sí, mañana, porque el taxi (o en la tuya), y el beso, y mañana un mes y medio sin verte.

2

casi que puedo sentir a mi cerebro gotear pócimas placenteras

(no te gustaba, ya sé)

mares que no son lo que son, y pierdo el control (otra vez)

(tampoco)


mi ligera llama rosa.



falacia.

1

No hay nada como hacer el amor en tu cama o en la mía, nunca.
Es como si de repente todo el mundo se resumiera a eso, estar parados frente a la ventana.
El gemido es desgarrador, aunque lo opaque la música es como oírlo desde adentro, es como si de repente todo cesara, y el producto de tu voz desesperada fuese lo único latiendo. Te alejás y te extraño por momentos, pero acá estás otra vez.
Es como amarnos, sí, jugando contra el paso del tiempo cuando no existe el reloj. La pena de saber que siempre es tarde. Siempre está mal, y es como amarnos y no me mientas, porque es estar con vos y no importa. Llenarnos de flores o de peces en la sonrisa que coincide por el azar que no buscamos comprender, la simpleza de las cosas a través de mí ventana.
Extrañamente el haz de luz de las 7 en primavera es azul o negro, lo vacío de mis muebles tan vacíos, y vos sobre mi cama abarcándolo todo.
Es como si perder la ropa cuando siempre es tarde no nos incite a jugar otra vez, entonces nunca deja de ser tarde.
Te quedás con las pequeñas partecitas tan inmensas de las cosas.
Te ponés amarillo. Te volvés como el humo del cigarrillo que acabás de fumarte. Me dejás impregnada de tus huellas digitales. Bajo la ropa todo tu olor, y ya no soy yo, soy vos acariciándote la espalda. Soy vos antes de subirme al taxi. Soy vos en el silencio de la cena, y de la cama que no es mía y tengo que hacer dormir. A veces sería bueno no poder dormir nunca, nunca estar cansado, poder hacerlo siempre. A veces sería bueno siempre dormir, y tu mano, y mi beso. Soy vos antes de la ducha.

Pero la lágrima que derramo al irme es mía.

28.6.07

Homo Sacer

El filósofo italiano Giorgio Agamben recuperó el concepto jurídico romano de homo sacer (hombre sagrado) para referirse a la situación de los seres humanos en las sociedades contemporáneas. Homo sacer evoca una antigua institución del derecho romano arcaico mediante la cual un hombre podía ser muerto sin que ello acarreara ninguna consecuencia jurídica. El concepto de homo sacer se asienta en la idea de que en las sociedades modernas y contemporáneas, la vida como simple hecho de vivir, como pura vitalidad, como esa caraterística que los hombres comparten con los demás seres vivos, vida animal, vida no calificada por la polis o la cultura, constituye el eje central de la política.
Para Agamben, cada etapa histórica de la modernidad genera sus propios "hombres sagrados", es decir, personas que pueden ser muertas sin que por ello otras sean juzgadas por haber cometido homicidios o genocidios o cualquier otro delito relacionado. Así ocurrió, por ejemplo, con la matanza de nativos durante la conquista de América, o cuando en la Argentina, a comienzos del siglo XX, eran expulsados los inmigrantes o se fusilaban obreros anarquistas por la Ley de Residencia (1902) y la Ley de Defensa Social (1910). Pero cuando Agamben se refiere a muerte o a libre disposición de la vida, no solo está pensando en asesinatos, sino también en los excluidos, en aquellas personas que no pueden acceder a una vida digna, en los pobres, en las personas que viven en la calle, en los desocupados y en los trabajadores que perciben sueldos miserables.
mi nuevo ídolo.

16.5.07

à nous la liberté

El hecho fundamental de la existencia humana no es ni el individuo en cuanto tal, ni la colectividad en cuanto tal. Ambas cosas, consideradas en sí mismas, no pasan de ser formidables abstracciones. El individuo es un hecho de la existencia en la medida en que se edifica con vivas unidades de relación. El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre. Lo que singulariza al mundo humano es, por encima de todo, que en él ocurre entre ser y ser algo que no encuentra par en ningún otro rincón de la naturaleza.
El problema principal de la Sistemalía es la ironía absurda que concierne. Es una palabra de mi invención, lo admito, pero la considero completamente perfecta, y a la vez, errante.
"Sistema" y "Anomalía" se unen para definir esto que explicaría a través de una burla, como los hombres nos hemos encargado de naturalizar las fallas del sistema en el que estamos inmersos de manera tal que existen cosas que nos parecen normales. El desafío de la verdadera Sistemalía es, justamente, que el hombre recupere su conciencia lógica y adquirida, ética y moral, para poner en su lugar cada cosa, entonces lo aberrante sería aberrante; lo malo, malo; lo morboso, morboso; y no tendría que hablarse de un sentido figurativo de dicha palabra, sino de devolverle la anomalía a lo que pensamos y vivimos ya natural.
Me temo que jamás pueda llegarse a una Sistemalía en estado puro, como lo ha ocurrido con la democracia, el comunismo, el capitalismo y otras cosas que mucho tienen que ver con esto, ya que el sistema se adapta a las supuestas "nuevas necesidades" en vez de generar una ruptura. Sin ir más lejos, jamás viví otra cosa, no hay razones por las cuales reclamarla, pero hay una razón de ser, y otra para vivir. ¿Por qué hay que apartarlo a la lista de las utopías?, ¿alguien se sube conmigo?
Burdo ser humano, has creado todo aquello que hoy te destruye: ya llega la próxima extinción, carcomerse hacia adentro, y alienarse por fuera.

estaba donde debía estar

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El Ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.
La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento: era el África destilada a seis mil pies de alltura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles en Europa: no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizaontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroíco, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente. Las desnudas y retorcidas acacias crecían aquí y allá entre la hierba de las grandes praderas, y la hierba tenía un aroma como de tomillo y arrayán de los pantanos; en algunos lugares el olor era tan fuerte que escocía las narices. Todas las flores que encontrabas en las praderas o entre las trepadoras y lianas de los bosques nativos eran diminutas, como flores de las dunas; tan solo el mismísimo principio de las grandes lluvias crecía un cierto número de grandes y pesados lirios muy olorosos. Las panorámicas eran intensamente vacías. Todo lo que se veía estaba hecho para la grandeza y la libertad, y se poseía una inigualable nobleza.
La principal característica del paisaje y de tu vida en él era el aire. Al recordar una estancia en las tierras altas africanas te impresiona el sentimiento de haber vivido durante un tiempo en el aire. Lo habitual era que el cielo tuviera un color zul pálido o violeta, con una profusión de nubes poderosas, ingrávidas, siempre cambiantes, encumbradas y flotantes, pero también tenía un vigor azulado, y corta distancia coloreaba con un azul intenso y fresco las cadenas de colinas y los bosques. A mediodía el aire estaba vivo sobre la tierra, como una llama; centelleaba, se ondulba y brillaba como agua fluyendo, reflejaba y duplicaba todos los objetos, creando una gran Fata Morgana. Allí arriba respirabas a gusto y absorbías seguridad vital y ligereza de corazón. En las tierras altas te despertabas por la mañana y pensabas: "Estoy donde debo estar".



Memorias de África, Karen Blixen







ya vendrán esos tiempos en que Julia se anime a escribir sobre como era el lugar donde debía estar.

11.4.07

crisis? what crisis?

"En la sociedad, indudablemente, todo es posible dinero mediante. Sólo contando con él pueden los hombres llevar a cabo sus proyectos, aún cuando esto signifique, como lo dice cada uno, dejar de lado convicciones, principios, o perder la dignidad."

«En el arrabal obrero, la sirena de la fábrica lanzaba cada día al aire, saturado de humo grasa, su vibrante rugido; obedientes a su llamada, unos hombres sombríos, de músculos entumecidos por la falta de sueño, salían de las casuchas grises, corriendo como cucarachas asustadas. A la luz fría del amanecer, iban por la calleja sin empedrar hacia los altos jaulones de la fábrica, que les esperaba, segura, indiferente, alumbrando la fogosa calzada con sus decenas de ojos cuadrados y grasientos. Chocleaba el barro bajo los pies. Resonaban voces soñolientas en roncas exclamaciones, groseras injurias rasgaban el aire con rabia, una oleada de ruidos diversos venía al encuentro de los obreros: el pesado jadeo de las máquinas, el gruñido silbante del vapor. Sombrías severas destacábanse las altas chimeneas negruzcas, que se alzaban sobre el arrabal como gruesos mástiles.
Al anochecer, cuando se ponía el sol y sus rayos rojos brillaban sin fuerza en los cristales de las casas, la fábrica vomitaba gente de sus entrañas de piedra, como si fuera escoria, y los hombres, ahumados, negros los rostros, centelleantes de las dentaduras hambrientas, volvían a pasar por la calle, dejando en el aire el perisistente olor de la grasa de máquinas. Entonces había en sus voces animación y hasta alegría; habían terminado los trabajos forzados de aquel día; la cena y el descanso les aguardaban en casa.
La fábrica se había tragado una jornada más, y las máquinas habían succionado de los músculos del hombre cuantas fuerzas necesitaran. El día habiese borrado de la vida, sin dejar rastro alguno; el hombre había dado un paso más hacia la sepultura; pero veía cerca, ante sí, el gozo del descanso, los placeres de la taberna llena de humo, y estaba satisfecho.
Los días de fiesta dormían hasta eso de las diez de la mañana; luego, la gente seria y casada se ponía la ropa dominguera y se marchaba a misa, regañando a los mozos que encontraba a su paso, por su indiferencia en punto a religión. Volvían de la iglesia a casa, comían unas empanadas y acostábanse de nuevo a dormir, hasta el atardecer.
La fatiga acumulada durante largos años les quitaba el apetito, para comer, bebían mucho, excitándose el estómago con el fuego abrasador de la vodka.
A la caída de la tarde, paseaban sin prisa por las calles; los que tenías chanclos se los ponían, incluso cuando el suelo estaba seco y los poseedores de un paraguas lo sacaban, aunque luciese el sol.
Cuando se encontraban unos con otros, hablaban de la fábrica, de las máquinas, maldecían los contramaestres. Todas sus palabras, todos sus pensamientos estaban vinculados al trabajo. La razón, torpe e impotente, sóo lanzaba aislados chispazos, débiles resplandores de un instante de la monótona uniformidad del día.
Una vez en casa, reñían con sus mujeres, pegándoles a menudo, con todas sus fuerzas.
Los mozos se quedaban en las tabernas u organizaban francachelas en casa de uno o de otro, tocaban el acordeón, cantaban canciones soeces y obscenas, bailaban, soltaban palabrotas groseras y bebían. Agotados por el trabajo, se embriagaban con facilidad, y en todos los pechos se iba alzando una irritación morbosa, incomprensible que buscaba desahogo.
Y aferrándose a cualquier oportunidad para dar suelta a este sentimiento inquieto, se lanzaban por nimiedades, unos contra otros, como bestias enfurecidas. Surgían sangrientas peleas, que a secas terminaban con heridas graves o llegaban al homicidio.
El sentimiento de animosidad en acecho dominaba en las relaciones mutuas entre las gentes, tan inveterado como la fátiga incurable de los músculos. Las gentes nacían con esa enfermedad del alma, herencia de los padres, que como negra sombra les acompañaba hasta la tumba, incitándoles a cometer, en el transcurso de su vida, acciones repugnantes por su inútil crueldad.
Los días de fiesta los jóvenes volvían a casa a altas horas de la noche, con las ropas destrozadas, llenos de barro y polvo, con la cara partida, jactándose perversamente de los golpes asestados a los camaradas, u ofendidos, coléricos o llorando de despecho, ebrios y lastimosos, infelices y repugnantes. A veces los padres llevaban a casa a sus hijos. Se los encontraban tumbados en la calle, al pie de una valla o en la taberna, borrachos, sin conocimiento. Terribles insultos y puñetazos llovían entonces sobre los fláccidos cuerpos de los hijos, desmadejados por la vodka: luego se acostaban, con más o menos cuidado, para despertarlos por la mañana en cuanto el rugido irritado de la sirena hendía el aire, como un turbio torrente llamando al trabajo. Aunque insultaban y pegaban duramente a sus hijos, las borracheras y riñas de los jóvenes parecíanles a los viejos cosa completamente natural; ellos también, en sus mocedades, habían bebido y se habían peleado, y también sus padres les pegaban. La vida siempre había sido así; fluía regular y lenta como un río de turbias aguas, durante años y años, sin que se supiese hacia dónde iba, y toda ella estaba vinculada a las arraigadas y viejas costumbres de pensar y hacer siempre lo mismo, día tras día. Y nadie tenía el deseo de intentar cambiarla.
De vez en cuando, aparecían en el arrabal gentes venidas de afuera. Al principio, llamaban la atención, solo por ser desconocidos; después despertaban un ligero interés superficial por sus relatos sobre lugares en donde habían trabajado; más tarde, desaparecía la novedad, se acostumbraban a ellos, y pasaban ya inadvertidos. Por lo que contaban, se echaba de ver que en todas partes la vida del obrero era la misma. [...] La gente estaba acotumbrada a que la vida oprimiera siempre con la misma fuerza; y sin esperar ningún cambio favorable, consideraba que toda mudanza solo podía dar lugar a una opresión mayor. Se apartaban en silencio de los hombres que decían algo nuevo. Entonces, éstos desaparecían, se marchaban a alguna otra parte, y el que se quedaba en la fábrica vivía aislado si no sabía fundirse en un todo con la masa uniforme de los pobladores del arrabal. Y después de vivir así una cincuentena de años, el hombre moría.»


Gorki, Máximo, La madre, Buenos Aires, Hyspamérica, 1983, pags. 7 a 10



Edvard Munch, El grito, 1895.

En las postrimerías del siglo XIX, con este grabado, el noruego Munch proporcionó una imagen de la angustia que se instalaría en el hombre del siglo XX. ¿Ha sido la ciencia uno de los factores que provocaron esta angustia? ¿Constituirá la ciencia un elemento en favor de la paz y el progreso en el siglo XXI?

la hija de la lágrima se desoló




me dí cuenta de 2 cosas:

- a la hija de la lágrima le encantan los paisajes desolados

- a diferencia de otros días, hoy no está conectada a "todo lo demás", de hecho, está más sola y triste que nunca

9.4.07

la gran despedida


No puedo acabar de abrazarte, y ya te escurres en mis brazos, húmedo, empapado, sollozando. Acá está mi ser, el que vuelve a despedirte. No importa cuanto haya durado el tiempo juntos, tendrás que irte, o seré yo quien me vaya. Un tener indeseado, una impotencia clavada, al final, ¿por qué nos vamos tantas veces antes de irnos realmente?, ¿por qué?.
Mi descontento y el sabor amargo de las despedidas se vuelven evidentes. Pasan los minutos sin que nadie recurra a ellos, sin que se lo requiera, y otra vez te tengo en frente, pero ya te estoy extrañando.

B²

Te contemplo y te rompo. Te hablo y te sulfato. Te escribo y te irrito. En tu ideal de libros y letras no soy más que un trozo de madera escondido, un nefasto duplicado de vos mismo. Vos me creaste, yo te asesino. Vos me cuidaste, yo te expongo. Te ahogo y te castigo. Me pregunto por qué te volví tan necesario, si de la nada viniste y a la nada te vas. Polvo te vuelves, no queda en pie ni siquiera la ambigüedad de tu alma.

Qué suerte que solo lo escribí enojada. Que suerte tenerte conmigo, Fede.