7.2.12

Esto es un viaje. Empezó el 21 de diciembre. Al principio fue una queja incesante ante el paso de los días. La lentitud con la que se diluía el tiempo en Corrientes. La brasa que había comenzado a quemarme una pierna, ya en Buenos Aires. Las noches en las que grité de dolor. Y los días, y el insomnio, que eran lo mismo. La desintoxicación al acostumbramiento de clavarse una botella de vino por noche. El vino que le hizo de pozo ciego al llanto. En Corrientes siempre el cielo simula estar a punto de caerse, de decantarse entero sobre uno. Pero acá la lluvia no lava.
Uruguay me dio algo que vengo buscando hace tiempo. Desde este viaje, que no termina, ni terminará, por lo pronto, entiendo perfectamente de donde vengo y supe amarlo. Una llanura, una cuchilla, que se cierne y se vuelca sobre el Atlántico como algo inevitable. En el auto me perdí muchas veces y conocí lugares que fueron puestos ahí para que me atravesaran la retina. Todos los músculos que me cortaron, que apenas pueden sostenerme, fueron testigos de semejante revelación. Al fin y al cabo, Uruguay, hasta su final, que es la orilla, no es más que una extensión de los grandes latifundios por los que corrí, libre como pájaro, antes del surgimiento de mis terceros molares, con los pies perfectamente plantados al suelo. Ahora entiendo cómo se mueven las nubes. Cómo se superponen. Son pequeñas enormes inexistencias. Una secuencia de fotos analógicas que ya han sido reveladas. Han visto la luz que supe ocultar en todas mis cámaras, pozos ciegos que llevé para registrar lo que fui a buscar.
El encuentro de todo aquello que me faltaba. El unirme, el mezclarme al paisaje que tanto desconocí. En Buenos Aires, los edificios simulan árboles plantados que se enraizan al suelo y crecen hacia arriba, como Libertad, como las torres de control, como los aviones que despegan, alcanzando el nirvana, el placer óptimo de observar aquel camino que recorrí tantas veces, con pesar a su ida, y un reconforte total en su vuelta.
Buenos Aires la última vez fue una bocanada de aliento. En ese asiento de avión, tan barato y tan caro, sentí los últimos vestigios del dolor que pudo poseerme un año entero. Un dolor que no se iba, que no podía sanarse bajo ninguna forma, ninguna droga, ningún paisaje, ningún abrazo, nada. La nada misma recorriéndome las venas, recordándome que no existía sanar eso que me sostiene, sino más bien de apaciguar algo que no se iba.
Buenos Aires la última vez fue un bisturí, un tubo encadenado a mi tráquea, una cantidad enorme de anestesia que no me permitió dormir, porque nada podía frenar mi cabeza. Llamar por teléfono al titán, al padre de mis hijos, y decirle que cuando uno cree que se muere de dolor, apenas quiere hablar con pocas personas, porque el lugar de donde salen esos sonidos guturales estaba apagado, por el tubo, y por agujas que se me metían en el cuerpo.
Al segundo día Fede se me acostó al lado, me besó la frente. Sentí yo la primera bocanada de cariño físico, que algún dios sabe, necesitaba y estaba buscando, que no podía arreglar la morfina, que no podía solucionarse con nada, excepto voces, que más bien eran ecos de cosas de antes, del pasado como un bloque irremediable, indivisible, del pasado como lo que es, una búsqueda, y un encuentro final marcado a fuego en Libertad, porque todo lo que quería y busqué apareció en Libertad, inclusive ese amor que prometía millones de entierros, que se alzaba a sí mismo en forma de cementerio, para poder decir, hemos abandonado todo aquello que nos destrozaba.
Corrientes hoy es la mitad de ese viaje que culmina ante la llegada del otoño, del desempolvo de bufandas, de sacos y de sweaters, de piernas entrelazadas bajo las sábanas, de una pila de libros en la mesa de luz, de mi cama enorme, a la que no le encontré un lado en el cual dormir, hasta que llegó la redentora lamida de un tigre en la espalda, en esa cicatriz sobre la que tanto habían escarbado y destruido, con la promesa y esperanza del final del dolor.
Y el dolor se fue, se fue sin ningún cigarrillo, se fue en esa conversación borracha que tuve en Uruguay con un viejo que sabe y me dice lo que es perder un hijo, que es casi decirme que no puedo entenderlo hasta que me viaje por las entrañas la inseminación ajena, que se vuelve propia.
Una mujer en un viaje se mina de isótopos cuando el mar rompe contra la piedra, y luego descansa, y luego genera esa misma piedra con la que me corté un pie, sobre la que sangré, que es casi como decir que me la traje puesta, porque extrañaba el dolor con el que supe vivir, porque extrañaba al vino que diluía mis lágrimas, las que supieron brotarme celosamente de todas aquellas que aún tengo adentro.
Una mujer en un viaje camina hasta la orilla de ese mar que tanto les envidio, pero que es mío, de esa sal, del agua helada, y escribe una Jota en ella, que es ultrajada y borrada por la marea de las seis de la tarde, que la destruye y la desaparece, como todo lo que tenía adentro la noche que llegué.
Y el viaje de vuelta fue la cosa más hermosa que estos ojos han visto, incomparable e impredecible, pero es una vuelta, en un viaje en el que no paro de dar vueltas, hasta que esa bocanada de aliento que pegue en Buenos Aires me hable al oído y me revele lo último que estoy buscando. Lo último que esta vez busco en Buenos Aires es creer, y el hombre a mi lado, que advierte lo mataría de tan solo besarlo, es creer. Y quizás ahora mismo, aunque incompleto, yo creo. Somos dos en este juego, en el que entramos todos.